Los sistemas educativos en el siglo XXI enfrentan desafíos que son, en parte, heredados de las últimas décadas del siglo pasado: los efectos de las reformas de los años ochenta y los noventa, ahora revisadas y corregidas, o bien profundizadas; el malestar de los docentes que perciben su campo de decisiones específicas cada vez menos autónomo, al mismo tiempo que se les plantea una exigencia de mayor profesionalización; las nuevas estructuras familiares y la necesidad consecuente de renovar y redefinir los acuerdos familia-escuela; el uso cada vez más generalizado de una tecnología de la información y la comunicación que impacta fuertemente tanto en las relaciones interpersonales como en el lenguaje y el acceso al conocimiento; todo ello promueve la configuración de nuevos estilos de vínculos entre las personas, y entre éstas y los saberes. En este escenario, al mismo tiempo desafiante y fascinante, las escuelas y los educadores necesitamos darnos un espacio académico para revisar nuestras prácticas pedagógicas y proponer alternativas superadoras, tanto desde el punto de vista organizacional como desde los abordajes didácticos. |